Norte Chico en 7 días – Punta de Choros y rumbo al norte…

La cabaña no incluía desayuno, tampoco había comprado lo necesario, por lo cual con toda calma y ya cerca de las 9.30 AM partí a buscar algo para desayunar por ahí… Abierto un domingo en la mañana temprano, ahí cerca, sólo había dos puestos callejeros contiguos pero formales, que vendían una amplia variedad empanadas de mariscos, así como sándwich de pescado. Así es que opté por un té pelado y dos empanadas. Nada saludable la masa frita, pero el contenido estaba monumental y abundante.

Años que no manejaba la cuesta Buenos Aires y a Punta de Choros nunca había ido. Ya era hora… El árido camino desde la carretera hasta este balneario, el que además cobija la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt en tres islas, Choros, Damas y Chañaral, lo encontré atractivo.

Inicialmente tenía la mejor de las intenciones de acampar, pero me sentía un poco cansado de tanto manejar y decidí darme el gusto de dormir en un domo. Abrió tarde y recién a la 5 PM comenzó a hacer calor. Hasta es hora, dormí siesta. Un poco después estaba recorriendo parte del borde costero por unas dos horas, por supuesto a pie. También me di un buen chapuzón en el mar. Luego partí a cenar temprano, como correspondía debía ser pescado y mariscos: pude deleitar un cebiche de palometa, así como una buena cantidad de machas y ostiones a la parmesana, jaiba, camarones chilensis, locos…, claro, con un rico Sauvignon Blanc.

Cuando regresé a los domos, iba directo a dormir, ya que al día siguiente debía estar a la 7 AM en pie, porque a las 8:30 partía en bote a las islas de la Reserva. Una desinteligencia, me dejó con la llave dentro y yo afuera del domo. Luis Román, quien junto a su esposa Ana Albornoz administran el lugar desde hace varios años (pertenece a una sus hijas y que vive en el sur de Chile), me fue a rescatar. Con ellos ya había conversado bastante a mi arribo y son muy simpáticos y de fácil conversación. Ya rescatado, Luis me invita a probar un “Arandanao” que prepara según receta familiar, con frutos y aguardiente de su tierra natal: cerca de Matanzas. Nos dio medianoche, con un abandono prematuro de Ana, conversándonos toda la botella en un charla acerca de nuestras vidas. Muy ameno….y muy rico el preparado de Luis.

Esta foto nos la tomaron a la mañana siguiente, justo antes de partir a embarcarme, lo que explica que yo estaba tan abrigado:

Unas quince personas entramos en buen y cómodo bote, para visitar dos de las tres islas: Choros y Dama, aún cuando en esta última, la más pequeña de las tres, podríamos desembarcar y seguir un sendero vigilado por CONAF, responsables de resguardar la Reserva.

En el bote también viajaban dos miembros de una ONG que se ocupa del salvataje de aves en la Reserva. Una especie, el Yunco, se orienta con las estrellas en sus vuelos nocturnos. Las luces de los poblados los confunden y va a parar a las calles de éstos. Llevaban dos de estas aves, para regresarlas a su hábitat natural y los soltaron en medio del mar un poco antes de llegar a la isla Choros.

Estuvimos casi dos horas circundando la isla, observando sus extrañas formaciones rocosas, así como por supuesto a pingüinos, cormoranes de distinta variedad y colorido, alcatraces o más conocidos como “piqueros”, entre muchos otros. En el camino vimos muchos lobos de mar. Tremendamente interesante y bello todo. Luego tuvimos una y+hora para recorrer libremente la isla Damas, la que no alberga muchos pingüinos, pero sí muchas gaviotas, las cuales estaban empollando y otras ya tenían sus crías. ¡Tuvimos que esquivar varios vuelos rasantes con la intención de darnos un picotazo en la cabeza…, y con justa razón! Tampoco durante el regreso, pudimos ver delfines. Fue lo que faltó para que fuese redonda la travesía.

A mediodía en punto salí Chañaral, más bien el Parque Nacional Pan de Azúcar. Me esperaban más de 450 km de camino, primero de tierra y asfaltado en regular estado por el borde costero y luego uno bueno hacia el noreste para llegar a la Ruta 5 justo en el poblado de Domeyko. En ese andar pude avistar guanacos reiteradamente. Pare a almorzar en Caldera, ricos locos, cebiche de reineta y ostiones directo de la concha, sólo con limón y perejil. Por razones de salud, también comí una ensalada de tomates con cebolla, aíre cilantro.

A la salida de Caldera paré un rato a observar unas rocas que llamábamos fantasmagóricas cuando hace muchos años anduvimos por acá con nuestros hijos, cuando aún eran niños. Hoy las llaman “figuras zoológicas”. ¡Hay cada creativo dando vueltas!

En el restaurante de una gasolinera con “wifi” , estiré el tiempo con dos cafés express, para poder escribir estos dos últimos reportes, los que programé para publicarlos de manera diferida por algunas horas. Pasadas las 20 hrs llegué a destino.

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