Iniciación Africana – Table Mountain

Table Mountain, o Montaña de la Mesa (suena raro…), lleva hace no mucho el galardón de pertenecer a una de las siete maravillas naturales del mundo.

Pero antes de dirigirnos a Table Mountain, en el camino y muy cerca de donde alojamos, se encuentran sectores de casas antiguas renovadas y pintadas en diversos colores. Muy llamativo y atractivo, así como muy bien cuidadas las fachadas. Valparaíso debiera evolucionar así…

Cruzamos los dedos para que operara el teleférico, ya que a veces lo cierran cuando los vientos son muy fuertes. De vuelta al teleférico: la subida es muy corta, pero a algunos pasajeros también les corta la respiración… Cuando llegas arriba, es imponente, quizás una de la mejores vistas combinadas de lo urbano, mar y naturaleza que haya podido ver en mi vida. Allá, mil metros más abajo, se extiende el núcleo central de Ciudad del Cabo, como meciéndose entre los brazos maternales del océano y paternales de las montañas (en realidad podría ser al revés también, pero “de estómago” me gusto más así…). Desde uno de tantos miradores se distingue perfectamente el puerto y las colinas lejanas, otras bahías de la Ciudad del Cabo extendida a sus sectores aledaños, la playa de la bahía y también la ampliamente comentada y conocida isla Robben. Quizás solo Río de Janeiro compita con Ciudad del Cabo en su emplazamiento. Hacia el otro lado del mirador, hacia el sur, la montaña continúa formando la península del Cabo, que se hunde en el océano en el Cabo de Buena Esperanza, uno de los mitos viajeros más importantes de los últimos 500 años (por allá andaremos el lunes).

IMG-20170205-WA0017Arriba se pueden realizar largas caminatas por la planicie rocosa, que se mezcla con una flora que me atrevería a decir – como buen ignorante en botánica – que se parece a la que encontramos en las zonas costeras de la Región de Coquimbo en Chile. Son múltiples las alternativas para observar empinadas quebradas, cañones, bahías, así como otras formaciones rocosas. Es difícil de describir lo que siente a esa altura, enfrentado vistas que te dejan sin aliento.

Si no hubiese sido por una “sudafricanitis” o similar (no emitiré ningún comentario adicional), así como la mojada intensa pero involuntaria de mi celular (aún está convaleciente, pero operativo a media máquina), la tarde hubiese sido perfecta. Después que yo estaba más recuperado que mi celular, tuvimos una muy rica cena de comida local y si no me equivoco, a las 21:30 ya estábamos en cama. Debíamos levantarnos temprano, nos esperaba el jardín botánico, el mundo de las aves y un recorrido por las diversas bahías y asentamientos  en sus alrededores que conforman Ciudad del Cabo. 

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